Trastornos mentales inventados: la mentira de la genética (II)

La influencia de la industria farmacéutica en el pensamiento médico, que es determinante en la forma contemporánea de practicar y entender la Medicina, en ninguna especialidad lo es tanto como en la Psiquiatría1. Y no sólo define los tratamientos, sino también las propias concepciones diagnósticas. De hecho, es patente hoy en día la influencia en el pensamiento antropológico de la ideología de la neurociencia -generada y difundida por los laboratorios-, que reduce la Psiquiatría y la Psicología a una ciencia del cerebro.

En su estudio ‘La ideología de la Neurociencia’, el psiquiatra infantil Manuel Fernández-Criado nos recuerda que desde que en 1952 se descubrió el antipsicótico Clorpromazina, tenemos medicamentos que se dice que curan el trastorno mental2. La introducción del Prozac en 1988 también parece representar otro gran salto hacia delante, pero sin embargo, y aquí reside la paradoja, hoy en día hay muchísimos más enfermos mentales que antes.

Es más, desde la introducción del Prozac y de otras drogas de segunda generación, la cifra total de enfermos mentales en el mundo se ha multiplicado por tres. Y lo más perturbador es que toda esta peste se ha extendido a la población infantil.

En 1987 en España había 16.200 niños que cobraban la incapacidad permanente por enfermedad mental. Veinte años después, el número de niños incapacitados por esta causa se había multiplicado por dos. Mientras tanto, sin embargo, la cantidad de menores inscritos en las listas del INSS por otras minusvalías se redujo de 700.000 a 500.000. “Estamos asistiendo”, explica Fernández Criado, a una verdadera epidemia de enfermedad mental, tanto en niños como en adultos”.

En otro orden de cosas, la hipótesis popularizada de que en el trastorno mental encontramos un déficit de algún tipo de sustancia biológica en el cerebro, causante de los síntomas de este trastorno, es antigua. Esta idea se convirtió en una explicación aceptada científica y socialmente tras los trabajos de Shildkraut (1965) sobre la Reserpina, trabajos cuya contestación científica fue entonces ignorada3. La hipótesis fue elevada a axioma popular y los trabajos que la desmentían fueron echados al fondo del cajón. 

¿Cómo es posible entonces que dando una sustancia ajena al cerebro restauremos la ausencia de este producto cerebral responsable de la enfermedad? En este proceso existe un negocio más lucrativo que los grandes servicios financieros, a saber, la alianza entre la gran industria farmacéutica y la Psiquiatría, que se forjó allá por los años 704.

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La historia real de Germán

Germán es un chico de 14 años, que fue diagnosticado con trastorno por déficit de atención cuando tenía 4. El dictamen lo firmó un neurólogo ‘experto’ –cómo no- en problemas de Psiquiatría infantil, que a partir de entonces le prescribió estimulantes. A día de hoy, todavía ha sido imposible retirarlos del todo.

A los 5 años, el niño empezó a compaginar la medicación con un tratamiento de psicoterapia aplicado por el terapeuta Manuel Fernández Criado. Éste define al chico como una persona vivaracha, inquieta y cariñosa, con una cabeza prodigiosa para recordar detalles relacionados con los coches, y mucha sensibilidad al contacto físico. De hecho, busca ‘pelear’ con su terapeuta, y esto parece calmarle. La terapia ha estado condicionada siempre por un problema de agresión y de miedo a ser agredido.

Desde pequeño, la madre se obsesionó con su rendimiento escolar, por lo que recibió logopedia intensiva, y le llevó a que le hicieran estudios diversos. El neurólogo que le diagnosticó como TDA instruyó a la familia acerca de la naturaleza de esta ‘enfermedad crónica’, que requería el uso de fármacos de por vida a consecuencia de un supuesto déficit genético de neurotransmisores.

Germán se enfrenta a su propio narcisismo (la necesidad propia del ser humano de no ser ignorado –se trata de llamar la atención en positivo o en negativo, para acaparar el interés de los demás-), al abandono físico del padre, y a una forma de agresión específica y característica por parte de la madre y del medio. En concreto, la negación de la existencia de una mente y de un mundo interior en él, llevada a cabo a través de la negación de sus sentimientos y de su mundo interno. Éste ha sido sustituido –mediante una forma especial de negación y confusión en la mente materna- por una colección de transmisores, igual que sus vivencias y reacciones han sido sustituidas por alteraciones de tal o cual compuesto químico.

Esto da lugar a una suerte de agresividad externa e interna (contra sí mismo), y a un círculo de alexitimia (incapacidad de identificar las emociones propias y de darles expresión verbal) alimentado además por el fármaco.

Cuando Germán tenía 8 años, su madre sufrió una depresión clínica, y en el niño, que se hizo chivo expiatoria de la misma, los problemas de conducta comenzaron a hacerse cada vez más manifiestos. Con la terapia, la situación se fue conteniendo y evolucionando favorablemente. No obstante, se añadió un neuroléptico al estimulante, y el fármaco, que al principio produjo efectos beneficiosos, acabó dando lugar a tics complejos, intensos e invalidantes. Así pues, hubo que retirar ambos fármacos -pese a la reticencia de los padres-, y aunque los tics acabaron remitiendo, la inquietud se disparó, y se decidió administrar un nuevo medicamento.

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Tras muchos años de lucha, y después de ir retirando paulatinamente la medicación, Germán está a día de hoy con una dosis baja de un IRSR. Aunque familiarmente se le percibe patógenamente como un niño dañado, incapaz y enfermo, sus padres y hermanos han podido ir relacionándose con más cariño con él. Además, el propio niño ha logrado percibir algunas de sus identificaciones como proyecciones externas a él.

Germán lucha cada día contra la exigencia y falta de libertad que percibe. Pero cuando se le plantea a su familia la necesidad de acomodar la vida de Germán al ritmo del propio niño, sus padres responden que necesita más medicación, y amenazan con romper el tratamiento psicológico y llevarlo a un neurólogo para que lo medique ‘adecuadamente’.

Violencia consentida contra los menores

Desgraciadamente, la mayoría de estos niños están medicados sin criterio humano ni psicológico, como juguetes de un conglomerado de intereses que pilotan alrededor de la necesidad de negar la vida mental, la idiosincrasia y el valor del individuo.

El medicamento es utilizado fundamentalmente por neurólogos sin ninguna formación en Psiquiatría infantil ni pediátrica (incluso algunos de ellos se presentan como especialistas en este síndrome). En respuesta al fármaco, el niño ya no habla tanto ni interrumpe el ritmo de la clase. Si se le da una tarea, como el hacer problemas aritméticos, el niño podría centrarse en ello perfectamente. Los profesores y los padres, rellenando cuestionarios de conducta, ven la reducción de la actividad y de la inquietud del niño como una mejora. Sin embargo, nada de esto revela que el tratamiento en el fondo ayude al pequeño.

Los niños que toman estimulantes sienten un disgusto intenso por tomar pastillas. De hecho, varios investigadores informan del efecto sobre la imagen de sí mismo del niño que toma una medicación para funcionar de manera normal, como una imagen dañada por una percepción de ser malo o tonto si tiene que tomar una pastilla. El niño desconfía de su mente y de su cuerpo, de su propia habilidad de crecer y madurar, y cree que las pastillas hacen un efecto mágico y le convierten en un ‘niño bueno’5. En realidad, además, el medicamento aumenta la capacidad en tareas repetitivas y rutinarias que requieren atención sostenida, pero en el razonamiento y en la resolución de problemas, en el aprendizaje, no parece tener un efecto positivo.

Es más, en los 90, un equipo de expertos en TDA llevó  a cabo un gran estudio financiado por el Instituto Nacional de la Salud (NIMH) de EE.UU, desligado de intereses industriales, que indicó que al cabo de tres años tomando estimulantes, la medicación se convierte en un marcador significativo no de resolución beneficiosa, sino de deterioro social, académico y conductual6. Asimismo, la Universidad de Washington ha llevado a cabo un estudio de seguimiento de 8.700 niños prepuberales tratados con estimulantes en EE.UU, de los cuales la mitad terminaron desarrollando un trastorno bipolar generado por la medicación7.

  1. Carlat, D. (2010), ‘Unhinged-the trouble with psychiatry’, Free Press, Nueva York, Londres, Toronto, cap. 1, 3, 4, 5, 6, 7.
  2. Whitaker. R. (2010a), ‘The epidemic spreads to children, Anatomy of an epidemic’, cap. 11, Nueva York, Crown publishing group.
  3. Kirsch, I. (2009), ‘The Emperor’s new drugs’, Reino Unido, The Random House Group-Basic books, cap. 4.
  4. Angell, M. (2011), ‘The illusions of Psychiatry’, New York Review of Books, vol LVIII-13, p. 82.
  5. Stroufe, A. (1973), ‘Treatment of children with stimulants’, New England Journal of Medicine, 289, pp. 407-4013.
  6. Jensen, P. (2007), ‘3 Year follow upof the NIMH MTA study’, Journal of the American Academy of child-adolescent psychiatry, núm 46, pp. 989-1002.
  7. El-Mallakh (2002), ‘Use of antidepressants to treat depression in Bipolar Disorder’, Psychiatric Serrvices, núm 53 pp. 53-58. También en ‘Anatomy of an epidemic’, R. Whitaker (2010), NY, Crown, cap. 8.
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Trastornos mentales inventados: la mentira de la genética (I)

La genética es al siglo XXI lo que la voluntad de Dios fue a la Edad Media. ¿Que desconoces las razones últimas por las que sueles ser tímido, agresivo o histriónico, y quieres una explicación rápida, cómoda y fácil de asimilar? Se lo atribuyes a la genética, aunque no haya pruebas científicas concluyentes que así lo corroboren (por mucho que las compañías farmacéuticas se empeñen en sembrar la sospecha de que hay marcadores biológicos para los ‘problemas’ emocionales, ninguna los ha podido encontrar), y ‘voilà’: ahí tenemos, por fin, la ‘justificación-comodín-para-todo’ que tanto ansiábamos encontrar.

La genética como explicación es un argumento sencillo, accesible y, lo que es más importante, tranquilizador. Uno se convence a sí mismo de que no tiene ninguna responsabilidad sobre sus propias actitudes y reacciones, y en consecuencia, de que no las puede cambiar. Ésa, de hecho, es la premisa que viene reforzando desde hace décadas el lobby internacional de la industria farmacéutica: “si la genética es la explicación, los antidepresivos y tranquilizantes son la única solución”.

Sin embargo, los especialistas independientes de todo el mundo confirman (la práctica clínica diaria así lo demuestra) que la configuración del carácter depende de una amplia multiplicidad de factores –entre los que destacan la influencia del entorno y la experiencia-, que el hecho de que se generen emociones más o menos problemáticas durante el desarrollo es natural y no depende de ningún tipo de trastorno neurobiológico, y que para aprender a manejar esas emociones se dispone de todo tipo de terapias psicológicas contrastadas y efectivas.

No vendas la piel del oso antes de cazarlo

El 15 de enero de 2012, ‘El País Semanal’ publicaba un reportaje denominado ¿Heredamos la felicidad?, en el que su autor, Luis Miguel Ariza, enumeraba diversas investigaciones realizadas durante los últimos años (la mayor parte de ellas norteamericanas) con el fin de ‘demostrarle’ al gran público que la lotería genética es la que te hace feliz o infeliz, y que más te vale haber tenido buena suerte en el sorteo, porque de lo contrario estás perdido.

El reportaje relata los casos de tres parejas de gemelos separados al nacer, que vivieron en ambientes diferentes, pero que desarrollaron caracteres similares. Son sólo tres casos, pero según la lógica del artículo, éstos describen ‘con rigor’ la forma en la que una presunta ‘genética cerebral’ decide y marca la personalidad de los seres humanos, independientemente de los factores psicosociales que hayan rodeado su desarrollo.

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Las investigaciones, financiadas por laboratorios farmacéuticos, han sido convenientemente difundidas a los medios de comunicación de todo el mundo bajo una apariencia pseudo-científica, que oculta su verdadera naturaleza especulativa.

En esta línea, el profesor de Economía Política de la Universidad de Londres Jean-Emmanuel De Neve (¿profesor de Economía Política?, sí, profesor de Economía Política) dice haber descubierto que un gen, llamado 5-HTTLPR, “podría ser el primer candidato a gen de la felicidad, aunque se trate de una pieza de una maquinaria genética mucho más grande”. Sin embargo, hasta el propio reportaje de ‘El País’, que no duda en dar credibilidad a este descubrimiento, reconoce que “la muestra estudiada en esta investigación es demasiado pequeña para llegar a conclusiones” (Meike Bartel, departamento de Biología y Psicología de la Universidad de Vrije, Amsterdam).

De hecho, y aunque la industria farmacéutica trata de imponer en los sistemas sanitarios de todo el mundo el criterio clínico de que ante la mayor parte de los síntomas emocionales hay que diagnosticar una enfermedad y aplicar un tratamiento farmacológico, las opiniones en contra tienen cada vez más cabida en los medios de comunicación occidentales.

En febrero de 2008, la Universidad de Hull, en Reino Unido, demostró que las pastillas  antidepresivas llamadas ‘de última generación’, como el Prozac y el Seroxat, no tienen más efecto en las personas que padecen depresión que las pastillas placebo (píldoras que, careciendo por sí mismas de acción terapéutica, producen algún efecto curativo en el paciente si éste las recibe convencido de que poseen realmente tal acción). “Esto significa”, decía entonces Irving Kirsch, responsable del estudio, “que las personas que sufren de depresión pueden mejorar sin tratamiento químico”.

Paliar las consecuencias sin tratar las causas

Un año después, en febrero de 2009, Leon Eisenberg, el famoso psiquiatra estadounidense que descubrió el llamado Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), reconoció en el semanario alemán ‘Der Spiegel’ que este trastorno es en realidad “una enfermedad ficticia”. Según Eisenberg, “los psiquiatras deberían buscar las razones psicosociales que llevan a determinadas conductas, un proceso mucho más largo que prescribir una pastilla contra el TDAH.

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En este sentido, un grupo de representantes de los centros de salud mental infanto-juvenil de Cataluña hacía sonar todas las alarmas el pasado 29 de junio. Los profesionales exigían la retirada de un Protocolo para el Manejo del TDAH en el Sistema Sanitario Catalá, que acababa de ser publicado por la Generalitat de Catalunya.

Según el Protocolo -de obligado cumplimiento para todo el personal sanitario, independientemente de cuál sea su juicio clínico-, el TDAH es un trastorno del neurodesarrollo de origen neurobiológico (cuando no existen marcadores biológicos que evidencien esa causalidad), y debe ser tratado obligatoriamente con fármacos.

En respuesta a este Protocolo, los profesionales del sistema sanitario público en Cataluña han publicado un manifiesto que a 8 de septiembre ya ha sido suscrito por 1.187 particulares y por 47 instituciones.

Los firmantes del documento recuerdan que UNICEF ha alertado sobre la tendencia generalizada en España a prescribir medicación a niños diagnosticados como TDAH, y ha instado a adoptar iniciativas para proporcionar acceso, tanto a estos niños como a sus padres y maestros, a la amplia gama de tratamientos y medidas educativas y psicológicas que existen.

De hecho, recuerdan, “medicalizar los problemas que se manifiestan en las dificultades de aprendizaje y en el comportamiento es el resultado de paliar las consecuencias sin tratar sus causas”. Según la Agencia Europea de Medicamentos, el Metilfenidato, aplicado en TDAH, “puede presentar efectos cardiovasculares, y puede causar o exacerbar algunos trastornos psiquiátricos como la depresión, el comportamiento suicida, la hostilidad, la psicosis y la manía”.