Trastornos mentales inventados: la mentira de la genética (I)

La genética es al siglo XXI lo que la voluntad de Dios fue a la Edad Media. ¿Que desconoces las razones últimas por las que sueles ser tímido, agresivo o histriónico, y quieres una explicación rápida, cómoda y fácil de asimilar? Se lo atribuyes a la genética, aunque no haya pruebas científicas concluyentes que así lo corroboren (por mucho que las compañías farmacéuticas se empeñen en sembrar la sospecha de que hay marcadores biológicos para los ‘problemas’ emocionales, ninguna los ha podido encontrar), y ‘voilà’: ahí tenemos, por fin, la ‘justificación-comodín-para-todo’ que tanto ansiábamos encontrar.

La genética como explicación es un argumento sencillo, accesible y, lo que es más importante, tranquilizador. Uno se convence a sí mismo de que no tiene ninguna responsabilidad sobre sus propias actitudes y reacciones, y en consecuencia, de que no las puede cambiar. Ésa, de hecho, es la premisa que viene reforzando desde hace décadas el lobby internacional de la industria farmacéutica: “si la genética es la explicación, los antidepresivos y tranquilizantes son la única solución”.

Sin embargo, los especialistas independientes de todo el mundo confirman (la práctica clínica diaria así lo demuestra) que la configuración del carácter depende de una amplia multiplicidad de factores –entre los que destacan la influencia del entorno y la experiencia-, que el hecho de que se generen emociones más o menos problemáticas durante el desarrollo es natural y no depende de ningún tipo de trastorno neurobiológico, y que para aprender a manejar esas emociones se dispone de todo tipo de terapias psicológicas contrastadas y efectivas.

No vendas la piel del oso antes de cazarlo

El 15 de enero de 2012, ‘El País Semanal’ publicaba un reportaje denominado ¿Heredamos la felicidad?, en el que su autor, Luis Miguel Ariza, enumeraba diversas investigaciones realizadas durante los últimos años (la mayor parte de ellas norteamericanas) con el fin de ‘demostrarle’ al gran público que la lotería genética es la que te hace feliz o infeliz, y que más te vale haber tenido buena suerte en el sorteo, porque de lo contrario estás perdido.

El reportaje relata los casos de tres parejas de gemelos separados al nacer, que vivieron en ambientes diferentes, pero que desarrollaron caracteres similares. Son sólo tres casos, pero según la lógica del artículo, éstos describen ‘con rigor’ la forma en la que una presunta ‘genética cerebral’ decide y marca la personalidad de los seres humanos, independientemente de los factores psicosociales que hayan rodeado su desarrollo.

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Las investigaciones, financiadas por laboratorios farmacéuticos, han sido convenientemente difundidas a los medios de comunicación de todo el mundo bajo una apariencia pseudo-científica, que oculta su verdadera naturaleza especulativa.

En esta línea, el profesor de Economía Política de la Universidad de Londres Jean-Emmanuel De Neve (¿profesor de Economía Política?, sí, profesor de Economía Política) dice haber descubierto que un gen, llamado 5-HTTLPR, “podría ser el primer candidato a gen de la felicidad, aunque se trate de una pieza de una maquinaria genética mucho más grande”. Sin embargo, hasta el propio reportaje de ‘El País’, que no duda en dar credibilidad a este descubrimiento, reconoce que “la muestra estudiada en esta investigación es demasiado pequeña para llegar a conclusiones” (Meike Bartel, departamento de Biología y Psicología de la Universidad de Vrije, Amsterdam).

De hecho, y aunque la industria farmacéutica trata de imponer en los sistemas sanitarios de todo el mundo el criterio clínico de que ante la mayor parte de los síntomas emocionales hay que diagnosticar una enfermedad y aplicar un tratamiento farmacológico, las opiniones en contra tienen cada vez más cabida en los medios de comunicación occidentales.

En febrero de 2008, la Universidad de Hull, en Reino Unido, demostró que las pastillas  antidepresivas llamadas ‘de última generación’, como el Prozac y el Seroxat, no tienen más efecto en las personas que padecen depresión que las pastillas placebo (píldoras que, careciendo por sí mismas de acción terapéutica, producen algún efecto curativo en el paciente si éste las recibe convencido de que poseen realmente tal acción). “Esto significa”, decía entonces Irving Kirsch, responsable del estudio, “que las personas que sufren de depresión pueden mejorar sin tratamiento químico”.

Paliar las consecuencias sin tratar las causas

Un año después, en febrero de 2009, Leon Eisenberg, el famoso psiquiatra estadounidense que descubrió el llamado Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), reconoció en el semanario alemán ‘Der Spiegel’ que este trastorno es en realidad “una enfermedad ficticia”. Según Eisenberg, “los psiquiatras deberían buscar las razones psicosociales que llevan a determinadas conductas, un proceso mucho más largo que prescribir una pastilla contra el TDAH.

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En este sentido, un grupo de representantes de los centros de salud mental infanto-juvenil de Cataluña hacía sonar todas las alarmas el pasado 29 de junio. Los profesionales exigían la retirada de un Protocolo para el Manejo del TDAH en el Sistema Sanitario Catalá, que acababa de ser publicado por la Generalitat de Catalunya.

Según el Protocolo -de obligado cumplimiento para todo el personal sanitario, independientemente de cuál sea su juicio clínico-, el TDAH es un trastorno del neurodesarrollo de origen neurobiológico (cuando no existen marcadores biológicos que evidencien esa causalidad), y debe ser tratado obligatoriamente con fármacos.

En respuesta a este Protocolo, los profesionales del sistema sanitario público en Cataluña han publicado un manifiesto que a 8 de septiembre ya ha sido suscrito por 1.187 particulares y por 47 instituciones.

Los firmantes del documento recuerdan que UNICEF ha alertado sobre la tendencia generalizada en España a prescribir medicación a niños diagnosticados como TDAH, y ha instado a adoptar iniciativas para proporcionar acceso, tanto a estos niños como a sus padres y maestros, a la amplia gama de tratamientos y medidas educativas y psicológicas que existen.

De hecho, recuerdan, “medicalizar los problemas que se manifiestan en las dificultades de aprendizaje y en el comportamiento es el resultado de paliar las consecuencias sin tratar sus causas”. Según la Agencia Europea de Medicamentos, el Metilfenidato, aplicado en TDAH, “puede presentar efectos cardiovasculares, y puede causar o exacerbar algunos trastornos psiquiátricos como la depresión, el comportamiento suicida, la hostilidad, la psicosis y la manía”.

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