Neoliberalismo y descalificación

“Trivializar el drama del paro y decir que es una oportunidad para que el que no quiere trabajar saque algo, es un insulto a los millones de parados de este país y para tantos cientos de miles de hogares donde no entra ningún salario”. Estas declaraciones, realizadas en agosto de 2013 por el presidente de CSI-F (Central Sindical Independiente y de Funcionarios), cobran plena actualidad hoy.

Cuando Miguel Borra se expresaba de esa forma el año pasado, lo hacía en respuesta a la opinión de Juan Rosell, presidente de la CEOE, de que en España no hay seis millones de parados, de que las estadísticas españolas no son fiables, y de que sobran muchos funcionarios.

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Abundando en el mismo escepticismo sistemático de Rosell, la presidenta del Círculo de Empresarios, Mónica Oriol, atacaba ayer la actual prestación por desempleo, que según ella no incentiva la búsqueda activa de trabajo, y promueve el ‘parasitismo’ entre los parados.

De hecho, Oriol cree que el actual sistema proteccionista provoca que en España “nadie acepte un trabajo si tiene por delante dos años de prestaciones”. Por otro lado, y en relación a la existencia de un salario mínimo interprofesional de 645,30 euros al mes, la presidenta pide que éste le sea rebajado a los jóvenes sin formación, muchos de ellos empleados en la construcción y en el sector servicios.

Según Oriol, la ley “te obliga a pagar un sueldo a estos jóvenes aunque no valgan nada, hay que darles un dinero que no producen”, cuando en realidad no deberían recibir dicho salario “hasta que no produzcan lo que cuestan”.

Un solo rasero

Más allá de la libre expresión de sus consideraciones ideológicas, absolutamente legítima, la presidenta del Círculo de Empresarios cruzó ayer una línea roja que nunca debería ser franqueada por quienes ostentan en nuestro país un cargo de responsabilidad.

Me refiero a la línea del respeto y de la sensibilidad. Decir ante los medios de comunicación que los parados españoles no aceptan los trabajos que se les ofrecen y que tienden a ser parásitos, o afirmar que los jóvenes sin cualificación “no valen para nada”, es caer en el recurso fácil de la ofensa hacia quienes no pueden responder ni en los mismos términos ni en los mismos foros.

Es como si, en vista del procesamiento del expresidente de la CEOE, Gerardo Díaz Ferrán, o ante las denuncias de pagos en dinero negro por parte del vicepresidente de esta institución, Arturo Fernández, un representante de los parados españoles compareciera ante los medios para afirmar que todos los empresarios son unos casposos y que se saltan a la torera la legislación laboral.

Absurdo. Para evitar estos excesos en los medios, y teniendo en cuenta que nuestros políticos y representantes de todo tipo son muy poco dados a la rectificación, y menos aún a la dimisión, es necesario disuadirles del uso de expresiones ofensivas hacia colectivos concretos, mediante la iniciativa del ministerio fiscal, y con la aplicación inequívoca de todas las multas y sanciones que sean necesarias.

Picaresca y corrupción

“En Inglaterra, los campos son fértiles, los árboles son altos, pero el cielo es gris y húmedo. Aquí, en cambio, la tierra es árida, los campos, secos y cuarteados, pero el cielo es infinito y la luz, heroica”. Así es como describe España un personaje británico llamado Anthony Whitelands, protagonista de la novela de Eduardo Mendoza ‘Riña de gatos’, a su llegada a Madrid en la primavera de 1936.

“En el Reino Unido”, le cuenta por carta a su novia, “andamos siempre con la cabeza baja y la vista fija en el suelo; aquí, donde la tierra nada ofrece, los hombres andan con la cabeza erguida, mirando el horizonte. Es tierra de violencia, de pasión, de grandes gestos individualistas”.

Esta visión poética de la España central y meridional dice mucho de un carácter, el nuestro, forjado durante siglos en el extremismo (estereotipado como ‘pasión’ en el extranjero) y en la máxima no escrita de ‘sálvese quien pueda’, ‘maricón el último’.

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Hace unos años, de visita en Bruselas, tuve ocasión de comprobar cómo nuestras normas de comportamiento en sociedad difieren bastante de las de otros europeos. Acompañada por un grupo de periodistas de distintas nacionalidades, entré en una estación de metro dispuesta a hacer un trayecto de 20 minutos.

Lo primero que hice al entrar fue buscar con avidez los tornos de entrada. Miré a la izquierda, miré a la derecha, recorrí un ángulo completo de 360º. Pero allí no había tornos por ninguna parte. Para gran sorpresa mía y de otros compañeros españoles que también formaban parte de la expedición, en aquella estación no había nada que impidiera la entrada “libre y gratuita” de quien quisiera y cuando quisiera.

Arraigo del ‘yo primero’

Eso sí, dibujada en el suelo había una gruesa línea roja, acompañada por una advertencia escrita en la pared: “Estimados clientes”, decía el aviso, “a partir de este punto es necesario que compren ustedes un billete. Háganlo acercándose a la ventanilla, o utilizando las máquinas situadas a su derecha. En caso de que un revisor les solicite su tique y no dispongan de él, se verán obligados a abonar una multa de 125 euros”.

Por raro que parezca, allí todo el mundo se dirigía directamente a las “maquinitas” para adquirir sus tiques, y lo hacían –doy fe- por voluntad propia. “¿Y por qué compran el billete, si se puede pasar sin hacerlo?”, me preguntaba yo entonces. No había tornos, no había vigilantes, pero por alguna razón misteriosa, tanto los belgas como los franceses, alemanes y holandeses de nuestro grupo adquirían los tiques sin decir ni ‘mu’, y sin asomo alguno de cabreo o indignación.

“¿Pero qué pasa aquí?”, comentábamos entre nosotros los españoles, “¿que no se paga? Estos belgas están ‘chalaos’, te dibujan una línea en el suelo y se creen que vas a pararte, ¿pero la gente por qué paga?, pues yo no pago”. “Ni yo”, íbamos diciendo a coro, “ni yo tampoco”.

De hecho, en mi cabeza de hace 10 años no hubiera cabido de ninguna manera la idea de ceder y cumplir con las reglas. “Pero si me lo ponen ‘a huevo’ para que me cuele, ¿cómo no voy a aprovechar?, sería tonta si no lo hiciera”.

Actuar desde la base

De eso hace ya mucho tiempo, el suficiente para que haya comprendido que esa particularidad nuestra, esa necesidad apremiante de saltarnos las reglas cuando nadie nos mira o cuando no hay barreras, es algo aprendido, y no necesariamente compartido con los individuos de otras culturas.

En los países anglosajones, por ejemplo, las costumbres protestantes ensalzan la necesidad de esforzarse y de trabajar en favor de la comunidad. En el colegio está bien visto, y es habitual, que los niños avisen al profesor cuando un compañero copia o hace trampas: el que debe avergonzarse es el que no juega limpio, no el que lo denuncia. Nada que ver con nuestro viejo concepto del ‘chivato’, y menos con la tendencia española a encubrir al aprovechado.

Esta semana, sin ir más lejos, en el Reino Unido ha dimitido la ministra de Cultura, Maria Miller, por haber cobrado 7.000 euros por gastos parlamentarios cobrados indebidamente. Entretanto, en España, Esperanza Aguirre arrollaba con su coche la moto de un agente de Movilidad del Ayuntamiento, se daba a la fuga cuando iban a notificarle la denuncia, y celebraba una ‘tourné’ mediática para jactarse de la supuesta normalidad de su comportamiento.

Desde mi humilde opinión, y para combatir este tipo de actitudes con la firmeza que se merecen, hace falta actuar en dos frentes principales. Por un lado, promoviendo la cultura de la cooperación frente a la cultura de la competición, mediante campañas mediáticas y, sobre todo, educativas, de alto calado, promovidas desde el propio Gobierno.

El momento de crisis actual, tan poco favorable en todos los campos, es propicio sin embargo para colaborar y, en consecuencia, para difundir la cultura de la colaboración desde las instituciones hacia todos los colectivos que necesitan ayuda (desempleados, discapacitados, familias sin recursos, etc).

Por otro lado, el Gobierno debe tomar también la iniciativa en la aplicación de un plan implacable contra la corrupción, que no deja de ser la consecuencia última de la cultura de la picaresca de la que venimos hablando en este artículo. Un plan, como indicaba el año pasado el columnista de ‘El País’ José María Peláez, para que la Agencia Tributaria inspeccione con carácter permanente las cuentas de los representantes políticos de todas las administraciones, así como las de los partidos políticos.

Pacto de Estado en Educación

El martes pasado nos desayunábamos, como ocurre cada cierto tiempo, con el informe PISA de la OCDE, ése que siempre se nos indigesta a los españoles, por más que el tiempo pase y que los estudiantes se vayan sucediendo unos a otros.

En esta ocasión, lo que el informe ha revelado es que los alumnos españoles de 15 años están todavía peor preparados para enfrentarse a la vida diaria de lo que tradicionalmente han mostrado sus mediocres resultados en Matemáticas, Ciencias o Capacidad Lectora.

De hecho, están 23 puntos por debajo de la media de los países desarrollados (y 30 puntos por debajo de Francia, Italia y Alemania) en la resolución de problemas cotidianos, como programar un aparato de aire acondicionado, escoger la mejor combinación de metro para llegar a otro punto en una ciudad que no se conoce, o predecir el comportamiento de un robot de limpieza en una habitación.

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La razón principal, según el analista de la OCDE Pablo Zoido, es que «la educación en España no da la oportunidad a los alumnos de ser creativos, hace falta una transformación de todo el sistema más acorde con lo que los mercados laborales demandan: pensamiento crítico, creatividad, intuición, trabajo en grupo, etc».

Sin embargo, como indicaba ayer el editorial de ‘El País’, los responsables a nivel político no parecen ser conscientes del drama: «Se ha perdido demasiado tiempo en luchas ideológicas estériles sobre el papel que debe tener la religión en la escuela o sobre qué valores se han de transmitir, en lugar de buscar el consenso necesario para dar el vuelco que la educación necesita».

Derribando tópicos

Mientras el Gobierno decide destinar cada vez más dinero público a los centros privados y concertados, los recortes aplicados desde 2009 en la educación pública se han llevado ya por delante a 61.000 profesionales, según un estudio realizado por CC.OO.

Ahora, en cambio, la OCDE advierte de que en España los alumnos de bajo origen social lo hacen igual de bien que sus homólogos europeos (en otras pruebas de PISA incluso claramente mejor), pero los hijos de los grupos socioeconómicamente favorecidos obtienen peores resultados.

Según José Saturnino Martínez, autor de ‘Estructura social y desigualdad en España’, «en la desigualdad de resultados educativos intervienen dos tipos de factores, los relacionados con la capacidad individual para el estudio y las diferencias socioeconómicas entre las familias. Si logramos compensar mediante el sistema educativo las dificultades de provenir de una familia humilde, sólo operarán las diferencias individuales».

Por otro lado, la OCDE también señala que los alumnos inmigrantes en España se desenvuelven mejor que los españoles de su mismo nivel académico en la resolución de problemas cotidianos. De hecho, les han sacado 17 puntos. Los analistas de la OCDE añaden que, si España aprovechara el potencial de este alumnado, mejorarían los resultados de nuestro país en la evaluación PISA.

Generosidad institucional

«Hace falta un cambio radical en la metodología de la enseñanza» decía el miércoles la secretaria de Estado de Educación, «para superar modelos anticuados basados sólo en la memorización». Sin embargo, las palabras se las lleva el viento, y las reformas educativas partidistas que hasta ahora han promovido los diferentes Gobiernos, sólo han servido para reforzar las inercias didácticas que nos han llevado a este punto.

Como decía ayer ‘El País’ en su editorial, lo que la educación requiere con premura es «un pacto de Estado que permita alcanzar un diagnóstico fiable de las carencias que tenemos y aplicar los cambios necesarios». Todo ello sin olvidar que hay que afrontar también una serie de cambios culturales y éticos indispensables para mejorar la conducta de los jóvenes.

Por un lado, como indicaba esta semana una profesora del colegio privado Liceo Europeo de Madrid, «la sociedad española es demasiado protectora con sus hijos; cuando nos visitan chicos de Francia o Alemania, nos damos cuenta de que son mucho más autónomos y resolutivos, y un chico que no es autónomo, no planifica, no organiza».

Por otro lado, Ildefonso Méndez, profesor de la Universidad de Murcia, considera que hay que relacionar el bajo rendimiento con la Encuesta Mundial de Valores. Ésta pone de manifiesto que en España la perseverancia o la buena disposición a intentar resolver problemas complejos no interesa tanto como debería. «Y lo que interesa no conduce ni al éxito educativo ni al éxito laboral», lamenta Méndez.