El futuro de la Sanidad

A partir de pasado mañana, lunes, continuarán las protestas del personal sanitario madrileño, que ya se movilizó los dos primeros días de la semana pasada. Los médicos, por su parte, seguirán en huelga indefinida de lunes a jueves, pero el proyecto privatizador sigue adelante.

Según el Colegio de Médicos de Madrid, que representa a 40.000 asociados, la privatización de la gestión en seis hospitales y en el 10% de los centros de salud “pone en riesgo la atención sanitaria a los ciudadanos”.

“Las movilizaciones están motivadas porque este plan supone un recorte en la plantilla global de trabajadores sanitarios que atienden a la población”, asegura el Colegio en un comunicado difundido el jueves. “Si queremos mantener el mismo nivel de calidad asistencial y el mismo catálogo de prestaciones, es difícil pensar que se puede lograr disminuyendo el número de profesionales”.

El mantra de la privatización 

Entretanto, el consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid (CAM), Javier Fernández-Lasquetty, considera que no se puede pedir al Gobierno regional que, en la actual situación de crisis profunda, haga “zapaterismo”, que consiste en “no hacer nada hasta que se hunda todo”.

Sin embargo, el Ejecutivo de la CAM no ha presentado todavía ningún análisis que demuestre con datos las bondades del nuevo modelo. Todo lo más, el presidente de la Comunidad, Ignacio González, afirma en un escueto documento que el coste por habitante es de 600 euros al año en los centros públicos frente a los 441 de los privados. No especifica ni a qué hospitales se refiere tal ejemplo ni qué tipos de tratamiento realizan uno y otro.

La primera vez que el Partido Popular aplicó su receta privatizadora en la Sanidad, lo hizo hace 13 años en Alzira (Valencia), pero aún no ha logrado demostrar que su modelo mejore la calidad asistencial con menos coste para las arcas públicas.

Aun así, María Dolores de Cospedal también ha propuesto privatizar la gestión de cuatro hospitales de su Comunidad. La medida, que responde a la ideología liberal de su partido, resulta tanto más sospechosa cuanto que los servicios privatizados hasta ahora en Valencia y Madrid han quedado en manos de un duopolio de facto formado por las empresas Capio y Ribera Salud.

Busquemos alternativas 

Teniendo en cuenta que en el último año, según el CIS, casi se ha triplicado el nivel de preocupación de los ciudadanos sobre el futuro de la sanidad pública, la Comunidad de Madrid debería preguntarse si la única forma posible de recortar gastos en este servicio es privatizando.

Precisamente hace dos días el Colegio de Médicos de la CAM aseguraba que “se debe paralizar el plan y abrir un periodo de reflexión que incorpore la opinión de los profesionales, como ya se ha hecho con el hospital de la Princesa”.

“La gestión pública de la sanidad tiene problemas, desde luego”, afirmaba ayer en ‘El País’ la psiquiatra Ibone Olza. “Ha habido excesos y despilfarro, como en casi todas partes. Hablemos de todo ello, veamos qué hemos aprendido, cómo cambiamos, cómo ahorramos, cómo mejoramos… ¿Es que no se puede hacer todo eso sin privatizar la sanidad?”.

Las caras de la indignación

Cuando los diputados del Congreso son elegidos, se les entrega un kit tecnológico de última generación que incluye un iPhone, línea ADSL en su domicilio y, desde esta legislatura, una tableta iPad en lugar del ordenador portátil que tenían antes.

La semana pasada, la Mesa del Congreso decidió que iba a dejar de reponer las tabletas extraviadas por los diputados, o que les hubieran sido sustraídas. En los últimos nueve meses, 30 de los 350 representantes de la Cámara Baja han comunicado la pérdida de sus iPads, y el Departamento de Informática ha agotado las reservas que tenía para atender estas incidencias.

“Y encima es esa misma clase política la que se obceca en recortárnoslo todo hasta llevarnos a la ruina, como ya han hecho en Grecia y Portugal”, se lamenta B.F., funcionaria en el Consejo Económico y Social de la Comunidad de Madrid.

Ella, como otros 9.185.382 trabajadores más (datos de CCOO y UGT), no acudió al trabajo el miércoles 14 por la mañana. “Me niego a ser la mayoría silenciosa que dice Rajoy”, añade, “quiero poder decirle a mi hijo mañana que yo hice algo, pero eso no significa que me sienta representada por los sindicatos”.

Centrales cuestionadas

A.F., copropietaria de una empresa de distribución para hostelería al norte de la provincia de Toledo, comparte el mismo escepticismo en torno a las centrales sindicales. “Los intereses que defienden no son los de los trabajadores, son los suyos propios”, opina. “Habría que quitarles la subvención del Estado y seguir el ejemplo de Alemania, donde se financian únicamente con las cuotas de los empleados, y tienen la obligación de pagarles los días de huelga”.

Aunque durante la jornada de paro la empresa de A.F. permaneció cerrada, sus motivos distan mucho de ser ideológicos. “En la jornada del 29M, los piquetes ya habían rajado las cuatro ruedas de un camión que venía a traernos aceitunas. Aprendimos que lo mejor es perder el día y recuperarlo dándose más prisa al día siguiente, de lo contrario nos arriesgamos a que nos destrocen los furgones de reparto”.

En la Consejería de Sanidad de la Comunidad de Madrid, M. R., funcionaria, también se cuestiona el papel de los piquetes supuestamente ‘informativos’: “La naturaleza del piquete es la de reclamar la solidaridad de los trabajadores, no la de boicotear los negocios de la gente, y eso hay que regularlo. La huelga es un derecho, no un deber”.

Otros cauces 

M.R. fue el miércoles a trabajar porque ya había secundado la huelga del mes de marzo y dice que económicamente no se podía permitir otro día sin cobrar. Aunque respeta los paros, considera que hay otros cauces más efectivos para lograr avances: “Yo colaboro activamente todo el año con la asamblea popular del 15M de mi barrio (www.tomalosbarrios.net), y son las protestas pacíficas de estos movimientos (como la Acampada Bankia, que lleva 24 días en la Plaza del Celenque) las que hacen visibles los problemas a nivel global y desencadenan la respuesta de las instituciones, como está ocurriendo con el tema de los desahucios”.

“El resultado de todas las huelgas generales que he vivido, siempre ha sido relativamente nulo”, apunta O.T., redactor en un periódico de Madrid. “No les veo la utilidad. Yo estoy a favor de otros movimientos sociales pacíficos, que al final lo que hacen es obligar a los políticos a recoger el guante, pero todavía estoy por ver la huelga que consiga modificar un ápice la actitud de los gobiernos”.

En el imaginario colectivo, las jornadas de huelga general aún están asociadas con el estallido de la violencia. El 14N, el Gobierno eligió al Ministerio del Interior, y no al de Empleo, para que informase a los medios sobre el desarrollo de los paros. “Cuando fui a coger el metro por la mañana, me encontré con que no se podía entrar a la estación de Horta porque alguien había empotrado un contenedor de basura contra la puerta de entrada y no se podía sacar”, explica S.M., desempleada en Barcelona.

Desahogo colectivo

“Alguien me contó que también había habido quema de neumáticos en La Ronda de Dalt, pero por lo demás todos mis amigos y familiares en activo hablan de normalidad”. S.M. apoya los paros y considera estos incidentes como un mal menor. “Estamos ya todos muy cansados, yo llevo un año en paro y no encuentro nada, la huelga es una buena forma de expresar que estamos hartos”.

Lo mismo opina L.S., enfermera en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid: “La huelga y las manifestaciones son un toque de atención, tenemos que demostrar que hay malestar. La Comunidad de Madrid ha anunciado que va a privatizar seis hospitales supuestamente para ahorrar, y mientras tanto, desde dentro, los sanitarios vemos cómo se derrocha pagando sueldos inútiles a personas que nunca vienen a trabajar. No hay derecho a esta burla, debemos exigir responsabilidad”.