Sexo Genuino versus Miseria Sexual

Cuando Lidia Falcón –partícipe en el Tribunal Internacional de Crímenes contra la Mujer de Bruselas- andaba documentándose para escribir una ponencia sobre prostitución hace cinco años, visitó unos cuantos burdeles y se quedó tristemente sorprendida.

Los clientes más habituales de los clubes eran hombres de 20 a 30 años, y a veces más jóvenes, que encontraban muy ameno ir allí a pasar un rato los fines de semana. De hecho, se citaban en el prostíbulo como irían a jugar a los bolos o a tomar unas copas en un bar. Cuando se les preguntaba por qué hacían eso, sólo contestaban que era muy divertido: “¡Ah, sí, sí…, aquí hay chicas majas, bueno, alguna está vieja, alguna está gorda”. Las valoraban como a los animales, según sus condiciones físicas. Y cuando advertían el reproche de Lidia, la miraban con extrañeza y le decían “¿Y a ti qué te pasa, tía?, tú estás muy reprimida, ¿no?”.

La última ponencia del Congreso de los Diputados sobre prostitución, que data de 2007, indicaba que en España había 400.000 prostitutas, y que el 90% ejercían esta actividad contra su voluntad. Eran cálculos sin base empírica que los sustentara (no hay estudios serios sobre esta cuestión), pero resulta chocante que se hayan dado por buenos y que, aun así, todavía se permita desarrollar una actividad en la que hay 360.000 esclavas.

Trata masiva

A decir verdad, la prostitución en España ha cambiado radicalmente en los últimos 15 años por los flujos migratorios. Antes era un mercado marginal o de lujo. La llegada de las inmigrantes amplió la oferta y la ‘democratizó’: más mujeres, más guapas, más jóvenes, más exóticas y más baratas. Cualquiera puede pagar 30 euros por media hora con una de ellas. Y en Barcelona ya hay africanas que cobran 7 euros por una ‘mamada’ o una masturbación en plena calle.

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Las chicas son compradas y vendidas, y obligadas a tener relaciones sexuales contra su voluntad durante 12 y 13 horas al día. A algunas las encierran bajo llave, a otras les dan palizas o violan hasta que anulan su voluntad, y en otros casos las amenazan con hacer daño a sus familias.

En España, el tráfico de mujeres es delito, pero la prostitución es alegal. Las autoridades no se atreven a tomar cartas en el asunto ni para regularla ni para prohibirla. Ni siquiera en el interior de los partidos hay consenso sobre la solución correcta.

La realidad es que los traficantes del Tercer Mundo traen a las chicas de sus países, y hay ciertos españoles desaprensivos, los propietarios de los clubes, que las explotan directamente. Las autoridades saben con exactitud dónde están los clubes (hay 2.500 en todo el país). ¿Por qué no hay un mayor control entonces?, ¿por qué no se hace una vigilancia constante para evitar que sean espacios en los que se esclaviza impunemente a las mujeres? Porque como la prostitución no está prohibida ni regulada, la policía no puede acosar de forma permanente a los locales.

Legalización

Desde hace algunos años, los sectores políticos e informativos de nuestro país están intentando convencer a la población de que hay que considerar la prostitución como un oficio igual que cualquier otro -perfectamente admisible socialmente-, y de que para ello resulta imprescindible legalizar su ejercicio.

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Los defensores de esta postura sostienen que, aunque hay muchas prostitutas que son víctimas del drama de la trata de personas, también hay muchas otras que ejercen su trabajo voluntariamente, y hay que respetar su derecho a hacerse cargo de su propia vida y de su propio cuerpo.

En esta línea, el pasado 25 de agosto, Elena Beltrán, profesora de Filosofía del Derecho en la Universidad Autónoma de Madrid, sostenía en ‘El País’ lo siguiente: “Sin dejar de atribuirle a la prostitución una influencia negativa en la persistencia de la imagen de subordinación de las mujeres y por tanto favorecedora de la desigualdad, la legalización y la regulación de la prestación de servicios sexuales puede ser deseable, toda vez que las mujeres que se prostituyen están mucho más desprotegidas en la clandestinidad y en la alegalidad”.

En mi opinión, sin embargo, la prostitución no puede ser considerada un oficio ni un empleo ni una tarea. Como indica Lidia Falcón en su ponencia ‘La prostitución: práctica y símbolo de la miseria de la sexualidad’, “de lo que se trata es de una explotación, la más grave de todas, porque afecta a lo más íntimo del ser humano, que es la sexualidad”. Y el estado ideal hacia el que hemos de dar nuestros pasos como sociedad implica la desaparición de la prostitución, o bien prohibiéndola o bien aboliéndola.

Víctimas

Los partidarios de la legalización afirman que las prostitutas que ejercen por elección escogen libremente el qué y el con quién. La libertad del pobre. El 99% de las prostitutas son pobres, y no tienen opciones laborales mejores. “En realidad”, indica Falcón, “excepto algunos personajes de ficción de ciertos escritores y cineastas que acunan inverosímiles fantasías y las vuelcan en sus creaciones –como Buñuel en ‘Belle de Jour’, aquella película completamente estúpida acerca de una señora de la burguesía que vivía muy bien en un ambiente refinado con un marido rico, pero a la que le gustaba ser prostituida y se disfrazaba de tal por las tardes en un burdel-, excepto en este escenario, producto de las fantasías masculinas de determinados frustrados sexualmente, nadie puede imaginarse que se sea prostituta por vocación ni por afición”.

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“Porque nadie puede ignorar que la miseria es la primera causa de inducción a la prostitución. Otras muchas más como la violación, el incesto y el engaño, siguen el mismo camino, y aplicar a tales motivaciones el término libertad es puramente una estafa”. “Las víctimas de esa explotación son siempre eso, víctimas, y para salvarlas el Estado tiene que destinar recursos (manutención, vivienda y sobre todo formación profesional)”.

“En el relato de las ‘Memorias de una prostituta francesa’, de los años setenta, la protagonista explicaba que en un periodo de su terrible vida, la mafia que la poseía en propiedad la había trasladado a un burdel de París al lado de Les Halles, donde estaba el mercado central. Los descargadores del mercado que llegaban a las 6 o las 7 de la mañana, primero se tomaban en el bar una bebida fuerte y luego se metían en el burdel. Descargaban en una mujer, a la que apenas le concedían la categoría de ser humano, su cansancio, sus frustraciones, el aburrimiento de una vida sin horizontes –exactamente igual que si se tomaran una bebida, una droga, un estimulante para poder seguir viviendo-“.

Dignidad

Al defenderse ahora en España la necesidad de equiparar la prostitución con el resto de oficios, predomina un criterio según el cuál la sexualidad es tan elemental como beberse un vaso de agua cuando uno tiene sed. “El Movimiento Feminista en la década de 1970 desencadenó un debate sobre la sexualidad que necesitamos y deseamos, para acabar con la explotación sexual en la mujer, y con la falta de respeto por su placer sexual. Pero en el día de hoy este debate se ha olvidado”.

“Porque considerar que la sexualidad se puede satisfacer pagándole a una persona que debe someterse, es corromper la sexualidad, es defender una sexualidad pervertida, completamente desviada de la función que tiene, que no solamente es una función fisiológica –y lo es-, sino también de comprensión, de comunicación y de plenitud del ser humano. Y esto conlleva una reflexión seria sobre la clase de seres humanos que deseamos ser”.

Canales abiertos por la Policía para colaboración ciudadana y para denuncia por parte de las víctimas de la trata de seres humanos:

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El aborto y otros derechos humanos

Un tuitero apodado @gerardotc colgaba el domingo pasado este mensaje en la Red:

– Han secuestrado 200 niñas en Nigeria.

– Tenemos que intervenir.

– ¿Militarmente?

– ¿Las niñas llevaban petróleo dentro?

– No.

– Pues con cartelitos.

Los seguidores de Gerardo retuiteamos el “chiste” más de 6.200 veces, e incluso lo marcamos como favorito otras 2.300. Qué impotencia la nuestra al comprender que, para los mandatarios internacionales, sigue habiendo causas humanitarias de primera categoría y causas humanitarias de segunda. Y que si eres una chica nigeriana de 17 años, de familia humilde y desamparada, más te vale que dejes de creer en los milagros y que vayas “apechugando” con el infortunio que te ha tocado.

A propósito de este secuestro, perpretado por una secta islamista que amenaza con vender a las jóvenes como esclavas, me he estado preguntando estos días por qué demonios la violencia contra las mujeres está presente, en mayor o menor medida, en todas las sociedades del planeta. Y, sobre todo, por qué la toleramos con tanta pasividad desde los acomodados países de Occidente.

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Ayer mismo, en ‘El País’, un reportaje espeluznante que no pude terminar de leer, recogía la experiencia de una mujer somalí a la que le habían practicado una ‘circuncisión faraónica’, la más brutal de las ablaciones. “No es una cuestión religiosa, porque va en contra del Islam”, decía una trabajadora social del Somali Women Development Center. “Es algo cultural que pasa de generación en generación”.

En un mundo construido a partir de intereses económicos y estratégicos, donde se considera que sólo merece la pena actuar en beneficio propio, ha hecho falta aplicarle una campaña de marketing al secuestro, para que los políticos europeos y norteamericanos enviaran a Nigeria a sus especialistas.

Poder de decisión elemental

En España, entretanto, seis ONG internacionales, entre ellas Human Rights Watch, le han enviado una carta conjunta a Alberto Ruiz-Gallardón para exigirle que retire el anteproyecto de ley con el que va a reformar la actual legislación del aborto. Las organizaciones le piden al Gobierno que garantice el acceso “sin obstáculos a servicios de aborto legales y seguros en el ejercicio de los derechos sexuales y reproductivos de la mujer, así como otros derechos humanos que la asisten”.

Curiosamente, la reforma incluye en su título una coletilla incomprensible y contradictoria que reza: “para la protección de los derechos de la mujer embarazada”. Como mujer, debo decir que los derechos de las mujeres embarazadas nunca serán ‘protegidos’ mediante la restricción del acceso a la interrupción voluntaria del embarazo ni mermando el poder de decisión elemental que tenemos sobre nuestra reproducción.

Volviendo nuevamente a la cuestión de la violencia de género, me pregunto por qué algunos gobiernos, la mayoría de las religiones, y determinados constructos sociales, se empeñan en controlar la sexualidad de las mujeres a toda costa.

Charlando hace años con un amigo biólogo sobre este tema, él me habló de una corriente teórica que sugería que los primates machos podrían tender a ser coercitivos con las hembras por pura cuestión genética. Sin embargo, la mayor parte de los científicos sociales rechazan de plano esta hipótesis, primero por sus invocaciones de determinismo psicológico (rechazables sobre todo en el caso de los seres humanos, cuyo comportamiento depende de muchos otros factores externos), y segundo porque no existen datos que respalden ese punto de vista.

Quienes me conocen, saben que soy fan incondicional (y pesada, disculpadme, lo sé) de la saga de libros sobre el Paleolítico ‘Hijos de la Tierra’. En ellos, Jean M. Auel mantiene la teoría de que las primeras familias humanas fueron matriarcales y, al mismo tiempo, poco jerárquicas. El estatus de cada individuo en la tribu provenía del de su madre, y se habían desarrollado vías para reducir la violencia que permeaban toda la sociedad.

Recientemente, se han desarrollado estudios etológicos sobre la conducta de un tipo de chimpancé llamado bonobo (chimpancé pigmeo) que refrendan precisamente la existencia de los primitivos matriarcados humanos. Estos estudios, libres de los estereotipos aplicados en investigaciones anteriores –denigrando la posición femenina-, muestran cómo entre los primates la hembra es la jefa de la familia, la que enseña, experimenta e inventa, y la que elige si quiere tener o no relaciones sexuales.

La mujer, como dadora de vida, siempre ha sido fuente de misterio y, en ocasiones, también de recelo. Como cuenta Nancho Novo en ‘El Cavernícola’, las primeras mujeres parecían estar en contacto con la magia y con las fuerzas ocultas. El hombre, entretanto, se ocupaba de proveer y de protegerla, a ella y a sus crías. Hasta que a algunos ‘tipos duros’ les picó el gusanillo de la inseguridad y decidieron que, para asegurarse de que los hijos de las hembras eran hijos de ellos y no de otros, más valía que las fueran atando en corto, y aquí paz y después gloria. Un abrazo.

¿Quién mide tus méritos?

Viviane Reding, vicepresidenta de la Comisión Europea y comisaria de Justicia, presentó la semana pasada una propuesta legislativa para que Bruselas imponga a las empresas que cotizan en Bolsa la obligación de que el 40% de los puestos de sus consejos de administración los ocupen mujeres de aquí a 2020.

Sin embargo, 18 de los 27 miembros de la Comisión -muchos de ellos mujeres- se mostraron indecisos o en contra de la propuesta. La mayor parte de las objeciones se basan en un informe del servicio jurídico del Ejecutivo europeo que cuestiona que Bruselas pueda imponer a los estados la obligación de sancionar en su territorio a las empresas privadas que no cumplan con la norma.

El debate queda así aplazado hasta el 14 de noviembre, cuando Reding presente un nuevo proyecto que tenga en cuenta las objeciones jurídicas.

En la actualidad, sólo el 13,7% de los miembros de los consejos de administración son mujeres (el 10,8% en España según las estadísticas de la UE), y además en el 97% de los casos el presidente del consejo es un hombre. De esta forma, aunque el 60% de los licenciados universitarios de la Unión son mujeres, ese volumen no se plasma luego en la toma de decisiones en la economía.

Merecimientos

El informe Women Matter de 2010, realizado por la consultora de gestión MacKinsey & Company, identifica tres grandes escollos por los que la diversidad de género en la alta dirección de las empresas no puede generarse espontáneamente, y necesita de promoción institucional:

  1. Por un lado, la doble carga de combinar trabajo y responsabilidad doméstica, que suele recaer en la mujer.
  1. Por otro lado, un modelo basado en la disponibilidad horaria y presencial total.
  1. Por último, la reticencia de muchas mujeres a abogar por sí mismas. Una ejecutiva entrevistada por MacKinsey afirma: “Rara vez he visto a una mujer exagerar sus aptitudes para venderse mejor”. 

Aun así, la cuestión de imponer cuotas femeninas en las empresas suele molestar a muchas mujeres y exaspera a algunos hombres. Para ellas, es triste asumir que se las elije por ser mujeres (porque una vez más, aunque de modo distinto, el género decide su destino), y les horroriza que alguien pueda dudar de sus merecimientos para el cargo. Para ellos, resulta inquietante la posibilidad de que no haya tantos puestos disponibles en la cumbre.

Durante la presentación de la propuesta de Reding la semana pasada, algunas comisarias opinaron que la imposición de cuotas implica aceptar que una mujer sólo conseguirá llegar a lo más alto de una empresa si se obliga por ley.

El modelo noruego

Precisamente esta visión ‘resentida’ del problema es la que ha llevado durante los últimos años a varios estados europeos a aplicar medidas excesivamente laxas sobre sus empresas.

En España, por ejemplo, la ley de Igualdad de 2007 recomienda (no obliga) a las sociedades que cotizan en Bolsa y a las que tienen más de 250 empleados, que incluyan un 40% de mujeres en sus consejos de administración antes de 2015. No se prevén sanciones, pero sí incentivos para las empresas que cumplan.

En Noruega, en el año 2000 se aplicó un sistema de recomendaciones que no funcionó “porque los encargados de los comités de selección, mayoritariamente varones, encontraban candidatos para los puestos dentro de sus propias redes de contactos, normalmente hombres también”, explicaba tres años después Rigmor Aaserud, ministra de Administración Pública.

Como consecuencia de ello, Noruega, que no forma parte de la UE, introdujo en 2003 un sistema obligatorio de cuotas para los consejos de administración, que preveía sanciones para las empresas que no cumplieran. Un año después, la presencia femenina en esos ámbitos ascendía al 22%, y en 2009 se elevaba hasta el 42%.

Vista la experiencia noruega, hay quien no ve otro camino para la igualdad que las cuotas, y precisamente ése es el modelo invocado por Viviane Reding para el conjunto de la Unión Europea. “Las mujeres han esperado algo así más de 100 años, ahora la aprobación de las medidas necesarias es sólo cuestión de días”, decía la semana pasada la vicepresidenta, cuando el debate quedaba aplazado hasta el 14 de noviembre.